Cuando, al torcer la curva de la carretera
llegabas a los almendros de la peña
un cosquilleo se apoderaba de tí,
te sentías nervioso e inquieto
por llegar al pueblo.
Por disfrutar de días eternos,
de excursiones con las bicis de cross,
de las pipas de girasol.
Al llegar, tomabas la bici
y tan rápido como permitían
tus pequeñas piernas
corrías en busca de los demás.
-Anda, ya estáis por aquí? Cuándo habéis llegado?- decía la Felisa.
- Ahora mismo-contestabas
-Y tus padres? -decía ella- y antes de que pudiese terminar la frase ya habías salido de la casa, porque allí no estaban.
-Está Ana?- preguntabas.
-No, están en la piscina- contestaba, reunida en el salón de la casa vieja, su familia.
Y corriendo sin parar llegabas a la plaza
"Anda, ya ha venido el turrunero",
bajabas por la calle hasta la plaza del Caño
y veías a los mayores con las chicas tonteando.
Y cuando te reencontrabas, sobraban las palabras.
No sabías qué decir, pues tenías la sensación
de haberles visto ayer mismo.
- Venga, vamos a echar un futbolín.
Y Anabel y Esther se ponían juntas.
-Quién entra? Venga, 5 duros!- decía Esther
- A cero por debajo de la mesa- expresaba Anabel.
Y como cómplices de un plan maligno, se miraban, pícaras.
Ana y yo las observábamos con detenimiento.
Son un par de años mayores que nosotras,
pero en aquel entonces parecían milenios.
Y sonaba en el bar el Último de la fila,
y yo miraba a mis padres, cómo entre cerveza y cerveza
reían, charlaban, bromeaban con los amigos.
Los padres de mis amigas.
Y aquella risa se me contagiaba.
Y yo sentía mariposas...
Acabábamos el día siempre, en la peña,
contemplando la puesta de sol más asombrosa del mundo,
viendo como el sol estival nos decía adiós con colores cálidos
mientras nos prometíamos estar siempre juntas en Vianos.
nostalgia :)
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