
Érase una vez un guerrero cuya piel era de hojalata. En el reino era el caballero más preciado por el rey, pues libraba las más arduas batallas volviendo siempre ileso y victorioso. Le llamaban el Témpano de hielo, pues su rostro inexpresivo ante cualquier emoción así lo mostraba.
Las damas del reino enloquecían por él, que hacía caso omiso a sus alabanzas. Ni la más hermosa de las condesas hacía sucumbir al caballero, que parecía destinado a pasar sus días en la más inmensa soledad.
Un día una pitonisa gitana se atrevió a leerle la mano. El guerrero se negó a que lo hiciera, pero ella, testaruda, hizo oídos sordos a sus órdenes de dejarlo.
La pitonisa advirtió que el caballero había sufrido tanto que su corazón había endurecido de forma que nisiquiera latía, de ahí la explicación de que ninguna de sus cientos de heridas de batalla hubiese conseguido derrotarlo. Era tal el dolor que tenia en su corazón que ya no podía sufrir por nada más.
Sin mencionar qué es lo que le había convertido en un ser sin sentimientos, la pitonisa predijo que un día conocería de nuevo el amor y ya no caminaría nunca más solo.
Pasó el tiempo y así fue. El caballero volvía solo y agotado de una tremenda batalla. Llevaba tres dias y tres noches sin comer, beber ni dormir, y apenas se sostenía erguido en su caballo. Se desplomó.
Le despertó una mano cálida con olor a rosas acariciándole el rostro. Entre sueños le parecía oir una voz tierna y dulce que le susurraba al oído: "amor mío, voy a cuidar de tí, nunca más te sentirás solo". Y volvió a dormir, preso del amor, sintiendo cómo su corazón ganaba temperatura y latía con inmensas ganas de vivir. El témpano de hielo se había derretido.
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